ENTREVISTA
A Patti Gallagher Mansfield
Ciudad del Vaticano (Agencia
Fides) - La Agencia Fides ha dirigido algunas preguntas a la
señora Patti Gallagher Mansfield, que hace 40 años, junto
a un grupo de colegas estudiantes universitarios, participaron en una retiro
espiritual que marcó el inicio del movimiento mundial posteriormente
denominado Renovación Carismática y al cual hacen hoy referencia
119 millones de católicos en 235 países de todo el mundo.
¿Nos podría
contar los inicios de la Renovación Carismática católica?
Hace cuarenta años, del 17 al 19 de febrero de
1967, participamos en un retiro durante un fin de semana con 25 estudiantes
de la Duquesne University de Pittsburgh, Pennsylvania, que tenía
como tema los Hechos de los Apóstoles. Antes de iniciar cada sesión
invocábamos al Espíritu Santo con el antiguo himno Veni Creator
Spiritus. Durante el retiro surgió una pregunta: ¿por qué
nosotros los católicos no teníamos la experiencia del Espíritu
Santo de la misma manera en que la vivieron los apóstoles en Pentecostés?
Se nos dijo que si bien habíamos recibido los sacramentos de la
iniciación cristiana de niños era importante que de adultos
ratificáramos la gracia de esos sacramentos y abandonáramos
de manera incondicional nuestras vidas en Dios.
¿Qué cosa te
ha impulsado a buscar vivir en profundidad la experiencia del Espíritu
Santo?
Como adolescente tenía el deseo de aprender más
sobre mi fe y esto me llevó a frecuentar una universidad católica.
Rápidamente me di cuenta que el estudio de la teología no
era suficiente. Tenía hambre y sed no simplemente de conocer las
cosas de Dios sino de conocer a Dios mismo. Comencé a asistir diariamente
a Misa y a participar en un grupo de estudio sobre la Escritura en la Universidad
de Duquesne. Fue ese grupo el que programo el retiro que se manifestó
tan importante en mi vida personal y en la vida de la Iglesia.
¿Han habido otras personas
que han vivido la misma experiencia? ¿También ellas han experimentado
el mismo impulso que has sentido tú?
Algunos meses antes del “Duquesne Weekend”, dos de nuestros
profesores habían comenzado a rezar pidiendo una experiencia más
profunda del Espíritu Santo en su vida. Cotidianamente invocaban
al Espíritu con el himno de la secuencia de Pentecostés.
Durante esos meses de oración intensa algunos amigos les habían
enviado dos libros: The Cross and the Switchblade (La Cruz y el puñal)
de David Wilkerson y They Speak with Other Tongues (Ellos hablan en otras
lenguas) de John Sherrill. Ambos libros describen la experiencia de recibir
la efusión del Espíritu Santo. En enero de 1967 estos profesores
frecuentaban un pequeño grupo de oración local compuesto
por protestantes de distintas denominaciones que habían sido bautizados
en el Espíritu Santo. En ese contexto recibieron el bautismo en
el Espíritu Santo e inmediatamente sintieron los efectos de aquella
gracia: un nuevo amor por Dios y por el próximo, una oración
de pedido y de alabanza más profunda, una compresión inspirada
de la Escritura, celo apostólico y acogida de los dones carismáticos.
Ellos no contaron su experiencia a los otros miembros del grupo de estudio
sobre la Escritura sino que llamaron la atención del grupo sobre
la Persona y la obra del Espíritu Santo. Sólo la mitad de
las 25 personas que habían participado en el “Duquesne Weekend”
fueron bautizadas en el Espíritu. En mi libro As By A New Pentecost
(Como un nuevo Pentecostés, Ediciones SERECA) he publicado el testimonio
de doce personas que participaron en ese retiro.
A partir de ese momento, ¿cómo
se ha desarrollado todo? ¿Qué cosa sucedió?
Puedo dar testimonio personalmente del modo como la noticia
del bautismo en el Espíritu se difundió durante los primeros
días de la Renovación, mucho tiempo antes de que llegara
Internet y el correo electrónico. Uno de los testimonios de la difusión
del Espíritu en Duquesne escribió a sus amigos usando copias
en papel carbón (¡imagínense!) diciendo simplemente:
“tengo una noticia demasiado hermosa para guardarla para mi”. Otro anunció:
“no tengo necesidad de creer en Pentecostés, ¡yo lo he vivido!”.
¿Se podría decir
que vosotros sois los fundadores del Movimiento?
No, los que hemos participado en el Duquesne Weekend no
somos fundadores en el sentido usual del término. Somos en primer
lugar testigos de la intervención soberana de Dios. Aquellos que
siguieron después de nosotros y han desarrollado programas para
ayudar a difundir la noticia de la gracia de este “nuevo Pentecostés”
han tenido un rol fundante pero ninguno de ellos reivindicaría el
rol de fundador. En ese sentido somos distintos a otros movimientos eclesiales.
La Renovación Carismática está mucho menos estructurada
respecto a otros movimientos. Sustancialmente se basa en la gracia de recibir
la efusión del Espíritu y la efusión de los dones
carismáticos. Sin embargo siguiendo esa gracia fundamental se expresa
de manera distinta en cada ocasión particular.
En tan sólo 40 años,
el Movimiento se ha difundido
por todo el mundo. ¿Cómo es
esto posible?
El Papa Juan XXIII invitaba a la Iglesia entera a la oración:
“Renovad hoy vuestros prodigios, como por una nueva Pentecostés”.
El Concilio Vaticano II abrió de par en par las ventanas de la Iglesia
a un viento nuevo del Espíritu Santo. La Renovación Carismática
nació como respuesta a la oración de la Iglesia y a las necesidades
de nuestro tiempo. Cuando se le preguntó a Pablo VI cuál
era la más grande necesidad de la Iglesia de nuestro tiempo, respondió:
“Es necesario decirlo, casi con temblor y en espíritu de oración,
ya que, como bien sabéis, éste es el misterio de la vida
de la Iglesia: el Espíritu, el Espíritu Santo… la Iglesia
necesita de una nueva Pentecostés permanente, necesita tener fuego
en el corazón, palabras en los labios, profecía en la mirada…”
E Papa Juan Pablo II quería hacer a cada uno “dócil al Espíritu
Santo”. Quién podría olvidar el modo en el que gritó,
en la vigilia de Pentecostés de 1998: “¡Abríos con
docilidad al Espíritu Santo! Aceptad con gratitud y obediencia los
carismas que el Espíritu no deja jamás de conceder”. También
nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, ha acogido y alentado a la
Renovación Carismática.
¿Son momentáneos
aquella experiencia y aquella fuerza que haz vivido, o están siempre
vivas en ti?
La gracia de haber recibido el bautismo en el Espíritu
ha seguido siendo real en el curso de estos cuarenta años. Obviamente,
la vida espiritual debe alimentarse con la oración cotidiana, con
la lectura de la Sagrada Escritura, con la participación en la vida
sacramental de la Iglesia, creciendo en la virtud y en los frutos del Espíritu,
muriendo a uno mismo, viviendo para Dios y para los demás. Ha habido
tiempos de prueba, aridez y desilusión, como para cualquier persona.
Por ejemplo, en el año 2005 perdimos nuestra casa; el huracán
Katrina se llevó nuestras oficinas y la casa de retiros, como pasó
con muchos residentes en la costa del Golfo de los Estados Unidos. Sin
embargo, en medio de estos sufrimientos, el Espíritu Santo ha sido
nuestro consuelo y nuestro auxilio. Experimentamos la estupefaciente Providencia
del Señor y la comunión espiritual con los hermanos y hermanas
en todo el mundo, que rezaron por nosotros y nos enviaron su ayuda. Esforzarse
por cumplir con la voluntad del Padre, amar a Jesús y seguirlo,
experimentar el poder del Espíritu Santo, fueron una aventura maravillosa.
Me sobrepasó un sentimiento de gratitud por el don del amor de Dios.
Todo es gracia.
¿Puedes explicarnos
brevemente qué hay en el corazón de la Renovación
Carismática?
¡El bautismo en el Espíritu Santo! La síntesis
del bautismo en el Espíritu se encuentra en Rm 5,5: “… el amor de
Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo
que se nos ha dado”. Millones de personas conocen hoy al Padre como ‘Abbà’,
un padre dulce y cercano. “Jesús es el Señor” no es solamente
una frase de la Biblia. Es la vida, ¡una vida siempre más
abundante! Conocer a Jesús como Salvador viviente, Maestro, Amigo,
Aquel que nos ama, el SEÑOR –todo esto se realiza gracias al bautismo
en el Espíritu. El Espíritu Santo no es más la persona
olvidada de la Trinidad, sino Aquel a quien invocamos, con un continuo
“¡Ven, Espíritu Santo!”, sobre cada aspecto de nuestra vida
y nuestro trabajo.
¿Qué otras características
tiene la Renovación Carismática como movimiento?
Una relación personal con Jesús como Señor
y Salvador, el amor por la Escritura, una intensa vida de oración
alimentada por los sacramentos de la Iglesia, el celo apostólico,
la atención a los pobres y necesitados, la alegría, la alabanza,
el uso de una gran variedad de dones carismáticos para evangelizar
y una fe nutrida de esperanza. El Espíritu Santo hace nuevas todas
las cosas: para los sacerdotes, los religiosos y las religiosas esto significa
con frecuencia un nuevo fervor; para las personas casadas, un nuevo amor
por el propio esposo o la propia esposa, una mayor paciencia y capacidad
de perdón.
¿Es difícil
encontrar un equilibrio entre tu intensa vida apostólica y la vida
de familia, con tu vocación de madre y esposa?
Desde el inicio de mi vida en el Espíritu como
joven mujer soltera, estaba convencida de que el matrimonio y la vida de
familia eran una auténtica llamada a la santidad. Sentía
el deseo de ser esposa y madre, y al mismo tiempo el deseo de difundir
el Evangelio. El señor me mandó un marido maravilloso, un
hombre de oración, santidad y cultura. Trabaja a tiempo completo
para la Renovación Carismática y para la Arquidiócesis
de Nueva Orleáns.
¿Cómo te sientes
respecto del hecho de haber estado presente desde el inicio y de ver ahora
las dimensiones de este movimiento?
Siento que, en mi pequeñez, participo en el misterio
de Nuestra Señora. ¡Cuánto puede hacer un simple “sí”!
Cuando María dijo su “sí” a Dios, no podía imaginar
las repercusiones de dicho consentimiento… aquellos misterios –de gozo,
de luz, de dolor, de gloria– que le esperaban. Ese abandonarse de María
cambió el curso de la historia humana y ahora todas las generaciones
la llaman beata. Lo mismo vale para mi propio “sí” y para el tuyo.
Dan vida a una cadena de eventos en la vida de los demás, cuya conversión
está ligada a la nuestra. ¡Es verdaderamente misterioso y
maravilloso! No puedo decirte cuantas personas en todo el mundo se tienen
ligadas a mí simplemente porque pronuncié mi “sí”
a Dios en el “Duquesne Weekend”, cuando era una joven de 20 años.
El sábado 18 de febrero un joven, David Mangan,
propuso renovar al final del retiro el sacramento de la confirmación
con una ceremonia, de la misma manera como cada año renovamos las
promesas bautismales en la vigilia de Pascua. David y yo estábamos
de acuerdo que aunque ningún otro hubiera querido renovar la propia
confirmación nosotros lo habríamos hecho. Antes de que terminara
el día tanto David como yo sentimos el impulso de ir a la capilla,
cada uno de manera independiente del otro, y allí encontramos al
Espíritu Santo de manera palpable.
Mientras me arrodillaba delante de Jesús en el
Santísimo Sacramento literalmente temblaba ante la sensación
de su majestad y santidad. Superado el miedo pronuncie una oración
de completo abandono a él. Inmediatamente después me descubrí
postrada e inundada del amor de Dios. David había estado en la misma
capilla algunas horas antes y había tenido una experiencia idéntica.
Casi la mitad de los estudiantes fueron a la capilla durante esa noche
y encontraron al Espíritu Santo entre fervorosas oraciones, alabanzas,
alegría, lagrimas y maravilla.
Entonces no me podía imaginar que un retiro, hoy
conocido como el “Duquesne Weekend” sería el inicio de un movimiento
a nivel mundial en la Iglesia Católica que posteriormente sería
llamado Renovación Carismática. Se calcula que actualmente
son unos 119 millones de católicos presentes en 235 países
en todo el mundo los que han recibido la efusión del Espíritu
Santo en el Espíritu Santo y que participan de alguna manera de
la Renovación Carismática en la Iglesia.
Nació una red de amistades entre las personas
de la Duquesne University, de la Michiagan State University y de la University
of Notre Dame. Todos eran parte del movimiento de Cursillos o de otras
realidades apostólicas juveniles. Pocas semanas después del
“Duquesne Weekend”, Ralph Martin y Steve Clark visitaron la Universidad
de Duquesne y participaron en una oración para recibir el bautismo
en el Espíritu. No los conocía personalmente pero escribí
en mi diario estas palabras: “¡Señor cuando te hagas presente
en ellos, te harás presente en los Estados Unidos y después
en el Mundo!” Estas palabras se demostraron proféticas desde el
momento en que esos dos jóvenes, junto con otros como el Dr. Kevin
Ranaghan y su mujer Dorothy, utilizaron sus dones para crear los primeros
grupos de líderes, organizaciones, conferencias, comunidades y publicaciones
carismáticas católicas. “Life in the Spirit Seminar” (La
vida en el seminario del Espíritu) fue creada en los primeros años
de la Renovación y todavía existe hoy en distintas formas
en el mundo. Se trata de un breve curso que contiene el mensaje fundamental
del Evangelio y prepara a las personas al bautismo en el Espíritu.
A partir de 1967, la Renovación Carismática
(o Movimiento Pentecostal en la Iglesia Católica, como era llamado
en los primeros años) se difunde en los campus de las universidades,
en las capellanías, en los conventos y parroquias. Se iba propagando
la buena noticia que gracias a una simple oración de fe, renovando
el bautismo y la confirmación, católicos normales estaban
comenzando a vivir una intensa vida en el Espíritu.
El movimiento se ha difundido tan rápidamente
porque el Señor quiere mandar delante su Espíritu y renovar
la faz de la tierra. Él ve el mundo cada vez más secularizado,
así como los grandes desafíos que debemos afrontar en la
Iglesia. Él sabe que los laicos comunes necesitan de instrumentos
justos para poder vivir el Evangelio en medio de situaciones hostiles.
Para poder responder a la llamada universal a la santidad debemos acoger
al Espíritu Santo y sus dones santificantes. Para hacer que el Pueblo
de Dios esté en grade de tomar nuestro puesto en la misión
evangelizadora de la Iglesia, necesitamos del Espíritu Santo y de
sus dones carismáticos.
Una persona puede ser bautizada en el Espíritu
Santo y experimentar los dones carismáticos (Cf. 1Cor 12,14) sin
tomar parte en ninguna estructura específica al interior de la Renovación
Carismática. Por esta razón, la gracia del bautismo en el
Espíritu ha actuado libremente y rápidamente en todo el mundo.
Se puede comprender el bautismo en el Espíritu
como una efusión de la gracia del bautismo y de la confirmación
que se realiza cuando la persona acepta voluntariamente la señoría
de Jesús sobre su vida y permite al Espíritu Santo actuar
“como en una nueva Pentecostés”. Se puede también comprender
el bautismo en el Espíritu como una nueva venida del Espíritu
Santo para poder salir al encuentro de un nuevo momento en la propia vida
espiritual. El Papa Juan Pablo II, en una de sus enseñanzas sobre
la Santísima Virgen, en Pentecostés, dijo que María
no estaba presente en la sala del Cenáculo solamente como maestra
y modelo: tenía también Ella necesidad de una nueva venida
del Espíritu Santo para salir el encuentro de su nueva misión
de maternidad espiritual, cuyo encargo escuchó de los labios mismos
de Jesús en la Cruz. La apertura a los dones carismáticos,
como la oración en lenguas, la profecía, la curación,
tiene también habitualmente parte en ello.
Esta gracia de recibir la efusión del Espíritu
Santo es nuestra porque la pedimos. Jesús dijo en Lucas 11,9-13:
“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.
Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le
abrirán. […] Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis
dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre
del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”.
Nosotros, en la Renovación Carismática, creemos que el Señor
quiere que todos los creyentes reciban la efusión del Espíritu
con la experiencia de los dones carismáticos. No es necesario participar
en nuestro movimiento para recibir esta gracia.
Cuando el Papa Benedicto XVI reunió a los miembros
de todas las nuevas comunidades y movimientos eclesiales para la vigila
de Pentecostés del 2006, nos guió hacia una renovación
de la confirmación. Pensaba en cuán bello era ver que aquel
mismo impulso que había visto nacer a la Renovación Carismática
en la Iglesia estaba operando en Plaza San Pedro. ¡Ojalá todos
los católicos pudieran renovar su confirmación y abrirse
con docilidad al Espíritu Santo y a sus dones carismáticos!
Par aquellos que desean información sobre la Renovación
Carismática en su propio país, es posible contactar los servicio
de la Renovación Carismática Católica Internacional
en Roma (www.iccrs.org).
Cuando nuestros cuatro hijos eran más pequeños,
mi actividad principal era la de ser madre a tiempo completo. Las lecciones
aprendidas poniendo en práctica mi vocación a la maternidad
han sido contadas en mi libro: Dios en cada cosa (Edición Renovación
en el Espíritu Santo). En el curso de los últimos 15-20 años,
el Espíritu Santo me ha impulsado a viajar más a nivel internacional,
realizar conferencias y retiros para laicos y sacerdotes de todo el mundo.
No es siempre fácil encontrar un equilibrio en una vida de este
tipo, pero con la oración y la guía sabia de mi esposo y
de mi director espiritual, es posible. Algunas veces pienso que la vida
es como el signo de la Cruz. Nuestra mente debe estar puesta en el cielo,
nuestros pies bien plantados sobre la tierra, un brazo sostiene nuestra
familia y el otro el contacto con el mundo. Nuestro corazón de estar
lleno del amor de Dios, derramado del Espíritu Santo que se nos
ha dado (Cf. Rm 5,5)
Quién sabe qué sorpresas tiene el Espíritu
Santo preparadas para cada uno de nosotros si logramos ser como María
y decir nuestro “sí” incondicional a Dios. “A Aquel que tiene poder
para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos
pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a Él
la gloria en la Iglesia y en todos los tiempos. Amén” (Ef 3,20-21)